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jueves, 8 de octubre de 2009

Donde dije digo

Cuando tuve el valor de decidir que mi futuro inmediato no pasaba por mudarme a Castellón, a expensas de haber pagado el primer mes de alquiler, eran las 2.30 a.m., y seguía desvelado en aquella frágil cama y poco anclada de la pequeña habitación, cuya pared era compartida con la del comedor, y horas antes, había sido insuficiente para aislar el ruido de risas, cervezas y papas de mis (ex)compañeros de piso Erasmus.

Entonces me di cuenta de que había cometido un error, o mejor dicho, casi había llegado a cometerlo, intentando tomar una decisión a contranatura, con la desarmonía y la negatividad que produce el sentirse en el camino incorrecto, no hacerse caso a uno mismo y sí a un conjunto de normas y presiones sociales y coyunturales que pretenden marcar pautas de actuación a todos los que no osan a decidir por sí mismos.

Yo quería vivir en Valencia.

Donde está mi familia, mis amigos, mi gente. Donde está lo poco o mucho que tenga en la vida. Donde, de momento y hasta que otros vientos puedan soplar en mi vida, quisiera que las cosas crezcan a mi alrededor.

Así que al día siguiente comencé la búsqueda de piso en Valencia, y enfrascado en ello sigo.

Pero, con esta entrada, lo que quería poner en evidencia es la actitud de la gente que me aconsejó Castellón como ciudad para vivir, y más ampliamente, el comportamiento de aquellos que asienten y dan la razón por sistema, que dicen a uno lo que creen que quiere oír, pero no la opinión sincera solicitada.

Ayer les dije que me mudaba a Castellón, y ellos decían que hacía bien, que ganaría en calidad de vida, que a la ciudad no le falta de nada, que tampoco resta tanta tarde tras llegar del trabajo como para querer aprovecharla en Valencia...

Hoy les digo que abandoné la idea, que aposté por mi ciudad pese a lo que ello supone,

y ahora me dicen que, puestos en mi lugar, o de haber podido elegir, hubieran hecho lo mismo.

miércoles, 24 de junio de 2009

De promesas cumplidas y rotas

Aún no hace un año que regresé de la Tierra Prometida, prometiendo volver. Mañana es el día en el que cumpliré aquella promesa, el día en que palabra y realidad comulgarán volviéndose una sóla, volviéndose Berlín.


Aún, casi un año después, nos dicen que a ratos nos echan de menos. Yo no los creo, mas sí quisiera creerlos. De cualquier modo, nadie podrá negar que nuestro paso fue en vano ni que nuestra huella no perdura.

Cambiando de tema. Siempre afirmé: "Si alguna vez me veis hacerme de Facebook, clavadme un cuchillo en la espalda". Bueno, pues al margen de la hipérbole retórica, hace unos días rompí esta promesa. Algo tuvo que ver la cena y el reencuentro con mis antiguos compañeros de la clase del colegio, la cual se convocó vía Facebook. Por suerte, hay quien lo usa para algo más que violar la privacidad, cotillear en la vida de los demás y, en un futuro, arruinar la reputación de un usuario sacando a la luz sus imágenes inéditas.

Ya lo veréis, ya, futuros cargos públicos y presidentes...

Berlín, el Regreso Prometido. Del 25 al 29 de junio.