Hoy no ha sonado el despertador. Ni he desayunado, ni he hecho la cama y, por supuesto, he llegado tarde a trabajar. Allí me esperaba lo mismo de siempre. Mi compañera de despacho, cordial como acostumbra, me ha preguntado por el fin de semana. Le he dicho que no recuerdo por qué cogí un taxi para llegar a casa el sábado, pero no le he contado que he escrito una canción y que me gusta. He leído El País y he visto que comienzan a abrir el tráfico aéreo. Me he sentido tranquilo de que ya casi seguro podré volver a Berlín el día 29. No me he vuelto a acordar de ti hasta que he empezado a hacer cosas y he sentido la desmotivación como una losa. Entonces he pensado que quisiera estar un rato contigo a solas, sólo un rato, como lo he venido pensando todo el trayecto. El trabajo realiza, pero no llena. Es condición necesaria, pero no suficiente. El dinero hace falta, pero no va comprar el amor de los que quiero ni va a salvar la vida de mis enfermos. No va a arreglar nada que valga la pena en el mundo, y sólo consigue hacer que quieras más conforme más tienes. Qué desidia toda la mañana. No paro de pensar. Pienso que no debería haber ido a comer a casa este domingo, pero me equivoqué. Pienso que no debería haber escrito ese e-mail. Pero me equivoqué. Pienso que al leer lo que te di querrías hablar de ello. Pero me equivoqué. Porque siempre que imagino lo que podría pasar, no sucede. Siento que hoy tengo muchas ganas de abrazar a las personas que me importan, pero no habré visto ninguna justo antes de acostarme. Cómo malgasto el amor y qué necia manera de aliviarlo. Quisiera saber cómo te quieren, mucho, poco, suficiente, si tienen las ganas de verte que yo tengo, si escriben sobre ti como yo hago. Lo ignoro. Lo abandono. Me siento como al principio de todos los caminos. Increíblemente cansado de saber que todo el campo ya está sembrado, y que algún día, muy lejano, algo habrá de florecer y dar fruto. Pero el camino es largo, mucho más de lo previsto. Y agota una barbaridad. He mirado el correo personal, y alguien se preguntaba que qué habría sido del mensaje que le escribió a la chica del otro día. Entonces he caído en que los dos últimos mensajes que he escrito a chicas de una noche no han sido contestados. No entiendo esa ingratitud, esa manera de querer expresar que somos mierda y que no merecemos ni ser contestados. Se me han quitado las ganas de flirtear para siempre. Me he puesto serio y he intentado trabajar un poco. Alguien me ha dicho este fin de semana que los jóvenes de hoy en día no conocen ni la disciplina, ni el respeto ni el sacrificio. Yo le dije que hoy en día no hay nada por lo que luchar, así que es lógico que compitan por tener más amigos en Facebook, pero no entienden qué es que su futuro dependa de su esfuerzo, ni que su respeto puede hacer de éste un mundo más justo y mejor. Reflexioné si sería un buen padre. Si podría educar a mis hijos según los valores que mis padres me transmitieron y algunos otros dignos que he ido sumando a lo largo del camino. Algo en mi interior dijo que sí, pero con la nostalgia de cuando hay un largo camino que andar. Con la nostalgia del amor, de los besos, de las palabras y de los abrazos que no han llegado. Son ya las 5 y no he hecho nada. Bajo a las clases de inglés. Siempre hago reír a la profesora, pero hoy no tengo ganas. A veces pienso que le gusto, pero paso de insinuarle que ella también me gusta. Da igual. Será una más, al fin y al cabo, de las que no contestan los mensajes. He llegado a casa bastante tarde y el tiempo se ha esfumado en tareas del hogar. Cuando me he sentado a escribir esto me he dado cuenta que tenía que poner una lavadora y planchar, algo que, como las clases de inglés, me recuerda que ha pasado una semana más y que nada ha cambiado en mi vida. Que soy una semana más viejo, que no sé hacia dónde camino, que no sé dónde pongo el amor ni dónde pongo lo hallado.
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lunes, 19 de abril de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
26
26 es el número natural que precede al 25 y antecede al 27.
En matemáticas
En matemáticas
- El 26 es el único número que queda entre un cuadrado (25 = 52) y un cubo (27 = 33).
- Un rombicuboctaedro tiene 26 caras.
- 26 es un repdigit en base 3 (222) y en base 12 (22).
- En base 10, el 26 es el número más pequeño que no siendo un palíndromo, tiene un cuadrado (262 = 676) que es palíndromo.
En religión
- 26 es el número gemátrico del nombre verdadero de dios - YHWH.
En ciencia
- 26 es el número atómico del hierro.
- 26 es el número de dimensiones espaciotemporales de la teoría bosónica de cuerdas.
Palíndromo, gemátrico y bosónico. 26 años.
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El Bosón de Higgs
domingo, 14 de marzo de 2010
martes, 17 de marzo de 2009
Historias de amor material
El enamoramiento
Avecinándose la fecha de mi aniversario, empecé a pensar en algún regalo especial para esta vigesimaquinta edición, que de alguna manera tiene un cariz diferente por alcanzar el cuarto de siglo. De un tiempo a esta parte se me venía antojando un reloj, ya que el que llevo está viejete, roñoso, y es demasiado insulso. Creo que un reloj es un artículo muy personal, que algo dice de la persona que lo lleva, así que ya era hora de retirar el reloj que ya usaba con 17 ó 18 años.
Me dejé caer por el Corte Inglés una de esas tardes en que el consumismo da algo de sentido al tedio de una ciudad desacostumbrada al frío, y fui echando un vistazo por las vitrinas para ponerme al día de modelos, diseños y, antetodo, precios. Al poco de comenzar hubo uno que me llamó mucho la atención. Era de aspecto deportivo, informal y elegante en diseño y correa, en una proporción perfecta y también en perfecta armonía con la combinación de colores negros y naranjas.
Me imaginé con él, y me agradé. Pensé que estaría bien orgulloso de exhibirlo, y todos coincidirían en que habría sido la mejor elección. A continuación me fijé en el precio... y era desorbitante para mis posibilidades. Decepción.
Así que decidí continuar mirando. Había cientos de modelos diferentes repartidos por decenas de marcas; alguno habría similar, alguno me agradaría de la misma manera o más quizá. No me dediqué con mucho ahínco a ello, y pronto me fui con el recuerdo del reloj con el que me había imaginado bien ufano.
Ayer volví a pasarme para hacer una elección definitiva de mi futuro reloj, y acudí en primer lugar al que me había llamado aquel día la atención. Seguía inmóvil, deportivo, informal y elegante, en su vitrina. Su precio también seguía inmóvil.
Y el resto de cientos de relojes, también igual de iguales y discordantes conmigo. Los había más brillantes, más sencillos, con más manecillas, con esferas más aparatosas, con diseños extravagantes, digitales, sobrios, coloreados... Seguro que incluso mejores, pero ninguno me gustaba como el reloj la primera vez. Qué absurdo habiendo tantos.
Entonces pensé que tal vez me hubiera enamorado de ese reloj.
Amor de costumbre
Sucede con algunos discos de música recién salidos que los escuchamos por primera vez y nos dejan un sabor indiferente en la boca. En seguida nos ponemos muy críticos con el autor, del que venimos siguiendo su trayectoria, y decidimos que desde sus 2 ó 3 primeros discos no ha vuelto a hacer nada bueno.
Esto más o menos me sucedió con el nuevo disco de Carlos Chaouen, 'Horizonte de sucesos'. Pero justo el día en que parecía que iba a condenarlo al ostracismo, me pareció injusto no darle otra oportunidad, y me decidí a escucharlo un poco más detenidamente. Repasé sus letras, la heterogeneidad de la música, la complejidad de las melodías y la precisión de las metáforas. Y me pareció un disco mejor.
A días de hoy ya lo he escuchado numerosas veces, y me parece un disco estupendo y completo. Chaouen en estado puro. Entonces pensé que muchos discos nos acaban gustando después de escucharlos muchas veces, como esas personas de las que nos enamoramos a fuerza de disfrutar de cierto tiempo con ellas.
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lunes, 23 de febrero de 2009
Revirtiendo el coma
Supe que era el momento de actuar e intetar revertir el coma irreversible en que había dejado sumirse el blog, cuando he querido entrar en el mío y me he dado cuenta de que, involuntarimente, le había sumado una nueva visita al de Saül.
Sinceramente, hoy sólo pretendía hacer un ejercicio de responsabilidad de autor y contar cualquier cosa que, aunque sin mucha calidad ni elaboración, sirva para mantener a flote la patera en la que anda subido el bosón. Y es que periodos de ausencia allí donde se es un habitual sólo pueden significar complicaciones o desgana. Complicaciones no es que haya habido en este periodo de tiempo. Lo único es que he tenido la cabeza absorta en otros asuntos mundanos, y nunca llegaba con suficiente energía ni inspiración a estas horas de la noche, que es donde apetece confesarse de alguna manera.
He estado mes y medio inmerso en un proceso de selección de BP, donde estoy haciendo las prácticas. Después de realizar una pequeña prueba de inglés por teléfono, un test de personalidad, una entrevista en una consultora de recursos humanos, una entrevista con gente de recursos humanos de BP, una rigurosa prueba de inglés y una última entrevista con los mandamases, conseguí completar esta especie de 50 x 15 'Quiere ser millonario' en la que en cada fase, las entrevistas eran de carácter más personal y buscando el temple y la capacidad de salir de atolladeros en forma de preguntas cacciosas.
No puedo decir que lo haya pasado mal a lo largo del proceso, nada más lejos. Pero sí que es cierto que es una jodienda estar siempre esperando una llamada que te descarte y te deje el camino abierto para pensar en otro futuro, o que la misma llamada te comunique que estás seleccionado, con la consiguiente fabricación de ilusiones que de nuevo se someterán a rotura en la siguiente entrevista.
Lo que sí que es cierto es que la incertidumbre agota, la presión cansa. No poder hacer algún plan de futuro porque el futuro pende de un hilo, el no tener vacaciones y un sueldo justito, te sumerge en una espiral de quieros y no puedos recalcitrante. Quisiera poder pensar en dónde me podría ir a vivir ya emancipado, cuál sería el próximo caprichito a darme, el siguiente viaje a realizar... Pero siempre aborto entrar en tales divagaciones porque, de momento, ninguna puedo resolver.
Por lo demás, es bonito descubrir que hay devotos lectores que me siguen más allá de los mares y resulta muy sorprendente que un nick tome forma de persona y se te presente diciendo que le gusta leerme. Eso me pasó con Noelia (Noedipa), y quiero agradecerle su empujoncito para reactivar la marcha del blog.
Y como un perro que vuelve a su hogar, regresaré a Madrid a visitar a mi gente y celebrar, con algo de retraso, mi cumpleaños, durante el 27 y 29 de marzo. ¡Qué ganas tengo!
Hasta pronto.
martes, 23 de diciembre de 2008
Ensayo sobre la ceguera
Como José Saramago.
Hace algunos días fui testigo presencial de un breve periodo de cotidianidad de dos jóvenes invidentes, al coincidir en el tren con ellos en asientos prácticamente contiguos. Por lo que pude dilucidar, esta joven pareja estaba tan perfectamente adaptada a su tara, que eventualmente viajaban por colegios dando charlas sobre integración, y dejando que los niños les preguntaran con libertad acerca de su relación con el entorno y entre ellos mismos.
Al chico le sonó el móvil. Un tal Julián le llamaba para preguntarle cómo le había ido, y creo que fruto de esta casualidad, decidí poner mis cinco sentidos en un inocente 'espionaje', como si sintiese que tenían algo que contarme.
Era asombrosa la naturalidad de su comportamiento, de sus conversaciones. Asombrosa era también, no sé si ellos lo sabrán, la expresividad de su rostro cuando hablaban o sentían, como si hubieran conseguido ejercitar algunos músculos de más de la cara para suplir la circunstancia de que los ojos son el espejo del alma. Pero sobretodo, era fascinante la manera tierna y a la vez firme con que se querían. Y se querían tanto, imagino, porque se necesitaban.
Me asaltaron muchas preguntas, sobretodo alrededor de su relación. ¿Cómo puede nacer el amor con una persona a la que no se ha visto nunca? Pero al poco me di cuenta de que la vista es el más traidor de nuestros cinco sentidos, y por descontado que, sin ella, sería mucho más efectivo dar con una persona hecha a nuestra medida.
Si no tuviéramos ojos no exisitiría, tal y como lo conocemos, el enamoramiento y el amor a primera vista. No jugarían un papel tan importante las apariencias ni los prejuicios por nuestro físico o nuestra manera de vestir. Sabríamos reconocer a alguien interesante por su conversación, por su tacto, e imagino que la pituitaria habría evolucionado hasta convertirse en un sentido de captación de virtudes positivas, tales como la bondad, la honestidad o la humanidad, del mismo modo que respiramos y percibimos un aroma.
Y por extensión, imagino que la palabra 'xenofobia' nunca se habría inventado, y muchas conflictos entre etnias, culturas o religiones no habrían tenido lugar. A cambio, porque todo tiene un precio, nos perderíamos algunos paisajes por los cuales merece la pena haber vivido.
En resumen. Creo que me sería más fácil dar con una persona a medida, prescindiendo de la vista que haciendo uso de ella.
P.D.: Y ya que la entrada va de ciegos, vaya ciego este fin de semana, ¿eh, Joan?
Hace algunos días fui testigo presencial de un breve periodo de cotidianidad de dos jóvenes invidentes, al coincidir en el tren con ellos en asientos prácticamente contiguos. Por lo que pude dilucidar, esta joven pareja estaba tan perfectamente adaptada a su tara, que eventualmente viajaban por colegios dando charlas sobre integración, y dejando que los niños les preguntaran con libertad acerca de su relación con el entorno y entre ellos mismos.
Al chico le sonó el móvil. Un tal Julián le llamaba para preguntarle cómo le había ido, y creo que fruto de esta casualidad, decidí poner mis cinco sentidos en un inocente 'espionaje', como si sintiese que tenían algo que contarme.
Era asombrosa la naturalidad de su comportamiento, de sus conversaciones. Asombrosa era también, no sé si ellos lo sabrán, la expresividad de su rostro cuando hablaban o sentían, como si hubieran conseguido ejercitar algunos músculos de más de la cara para suplir la circunstancia de que los ojos son el espejo del alma. Pero sobretodo, era fascinante la manera tierna y a la vez firme con que se querían. Y se querían tanto, imagino, porque se necesitaban.
Me asaltaron muchas preguntas, sobretodo alrededor de su relación. ¿Cómo puede nacer el amor con una persona a la que no se ha visto nunca? Pero al poco me di cuenta de que la vista es el más traidor de nuestros cinco sentidos, y por descontado que, sin ella, sería mucho más efectivo dar con una persona hecha a nuestra medida.
Si no tuviéramos ojos no exisitiría, tal y como lo conocemos, el enamoramiento y el amor a primera vista. No jugarían un papel tan importante las apariencias ni los prejuicios por nuestro físico o nuestra manera de vestir. Sabríamos reconocer a alguien interesante por su conversación, por su tacto, e imagino que la pituitaria habría evolucionado hasta convertirse en un sentido de captación de virtudes positivas, tales como la bondad, la honestidad o la humanidad, del mismo modo que respiramos y percibimos un aroma.
Y por extensión, imagino que la palabra 'xenofobia' nunca se habría inventado, y muchas conflictos entre etnias, culturas o religiones no habrían tenido lugar. A cambio, porque todo tiene un precio, nos perderíamos algunos paisajes por los cuales merece la pena haber vivido.
En resumen. Creo que me sería más fácil dar con una persona a medida, prescindiendo de la vista que haciendo uso de ella.
P.D.: Y ya que la entrada va de ciegos, vaya ciego este fin de semana, ¿eh, Joan?
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domingo, 14 de diciembre de 2008
La lechera
Félix María Samaniego nos contó en su cuento de la Lechera, una bella y aplastantemente veraz metáfora acerca de la tendencia humana a dejarse embriagar por una sucesión de hechos futuros favorables, a relamerse los labios de porvenir aunque éste sea poco verosímil. En resumen, el desarrollo versado del dicho "de ilusión también se vive".
Y es que ya sabéis lo dichosa que andaba la Lechera pensando lo que haría con el dinero de la venta del cántaro de leche que llevaba en la cabeza. Yo sufro en muchas ocasiones de ser Lechera ingenua. Tantas veces, que podría asegurar que sobre mí cierne algún maleficio.
Ayer, como de tanto en tanto, se presentó la ocasión de llevar un cántaro al mercado. Y mi imaginación, aburrida y ociosa como una tarde plomiza de sábado, no tuvo nada mejor que hacer que recrear las mil situaciones que se podrían dar de camino. Antes de querer impedirlo, ya sabía qué disco iba a poner en el coche, con qué tontería iba a hacerle reír y cómo sonaría su carcajada clara. Sabía de qué hablaríamos en el camino, con qué burda excusa sacaría cada tema, lo que quería saber de ella y lo que quería evitar saber. Había imaginado cómo iba a comportarme, cómo no iba a dejarme llevar a su terreno. Intuía cuándo tendría que ser dulce, cuándo serio, cuándo digno o humano...
Con este pensamiento iba yo, cuando una llamada con causas mayores externas a mí, me desestabilizó cayendo al suelo la tinaja, rompiéndose en pedazos el breve futuro imaginado y esparciéndose por el suelo sonidos, palabras, conversaciones, miradas, papeles... que debía haber vendido en el mercado y que nunca llegaron a nacer.
"¡Qué palacios fabricas en el viento!", clama Samaniego. Y siguiendo con la incertidumbre y la indeterminación, temas que se han tratado recientemente en el blog, cabe concluir que si "ni siquiera el presente está seguro", no sé sobre qué firme se pueden asentar las ilusiones y los proyectos de los años venideros, ni tan siquiera, esas pequeñas e insignificantes cosas que tenía que haber hecho con una persona hoy.
Y es que ya sabéis lo dichosa que andaba la Lechera pensando lo que haría con el dinero de la venta del cántaro de leche que llevaba en la cabeza. Yo sufro en muchas ocasiones de ser Lechera ingenua. Tantas veces, que podría asegurar que sobre mí cierne algún maleficio.
Ayer, como de tanto en tanto, se presentó la ocasión de llevar un cántaro al mercado. Y mi imaginación, aburrida y ociosa como una tarde plomiza de sábado, no tuvo nada mejor que hacer que recrear las mil situaciones que se podrían dar de camino. Antes de querer impedirlo, ya sabía qué disco iba a poner en el coche, con qué tontería iba a hacerle reír y cómo sonaría su carcajada clara. Sabía de qué hablaríamos en el camino, con qué burda excusa sacaría cada tema, lo que quería saber de ella y lo que quería evitar saber. Había imaginado cómo iba a comportarme, cómo no iba a dejarme llevar a su terreno. Intuía cuándo tendría que ser dulce, cuándo serio, cuándo digno o humano...
Con este pensamiento iba yo, cuando una llamada con causas mayores externas a mí, me desestabilizó cayendo al suelo la tinaja, rompiéndose en pedazos el breve futuro imaginado y esparciéndose por el suelo sonidos, palabras, conversaciones, miradas, papeles... que debía haber vendido en el mercado y que nunca llegaron a nacer.
"¡Qué palacios fabricas en el viento!", clama Samaniego. Y siguiendo con la incertidumbre y la indeterminación, temas que se han tratado recientemente en el blog, cabe concluir que si "ni siquiera el presente está seguro", no sé sobre qué firme se pueden asentar las ilusiones y los proyectos de los años venideros, ni tan siquiera, esas pequeñas e insignificantes cosas que tenía que haber hecho con una persona hoy.
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domingo, 30 de noviembre de 2008
Escenarios
Cuando el pasado jueves 27 me animé a colaborar en un pequeño concierto que ofrecía David, debutando oficialmente en el mundo de los cantautores, no era muy consciente de que estaba a punto tachar uno de los apartados de la íntima lista de cosas que quería hacer en vida.
El lugar elegido fue el bar l'Ermità, en el barrio del Carmen, un acogedor bar de complicada arquitectura, el cual sólo permitía albergar a unas 40 personas en la zona propiamente de conciertos. Con la inestimable ayuda de Pablo pusimos a punto los altavoces, la mesa de mezclas, las guitarras y los micrófonos. Como aún somos humildes, y no muy famosos, nos conformamos con un taburete para sentarnos algo apretados e incómodos.
David comenzó el concierto con sus canciones. El público era, en su mayoría, amigos y conocidos suyos, al mismo tiempo que fans incondicionales. En un momento dado, entré yo a escena para acompañar a David en un par de canciones con guitarra y armónica. Y tras ello ya me quedé solo delante del toro, para hacer mi debut como cantor, más apropiado que cantautor.
Mientras intentaba que no me atacaran la ronquera y los nervios, quise contar a la gente que estaba muy agradecido e ilusionado de estar formando parte de este debut, que mi producción artística no es tan prolija como la de David, pero que sin embargo me gusta escribir sonetos, haciendo hincapié en que la poesía es un concepto mucho más amplio. Una canción puede ser poesía, unos versos, un paisaje, incluso unos ojos también.
Les conté que el cantautor de mi adolescencia había sido Ismael Serrano, a quien empecé a escuchar de muy joven. Entonces, podría ser, que aquella cinta que sonaba en un cassette, cuando yo aún no me había iniciado con la guitarra, en un lugar lejano al que no puedo volver, hubiera sido la primera piedra para que yo, muchos años después, me viese sentado en un taburete interpretando aquella canción que sonaba: "Últimamente".
Después proseguí con "Avión en tierra", de Quique González. Algo más desafinada, algo menos preparada. Toqué a continuación "Algo contigo" para que la cantara David, quien luego prosiguió con el concierto con la colaboración de Pablo poniendo voz a un par de canciones. Y al final, como todo buen concierto, un vis para cantar "Te lo dije" y "En el backstage" de Quique González.
Al terminar, llovieron las felicitaciones, en especial para el artífice del concierto. Yo estaba feliz, como feliz se está después de hacer algo por primera vez con buen resultado. Y feliz porque alguien muy importante para mí había hecho el esfuerzo de venir a verme.
Quién sabe que precederá a este pequeño punto de inflexión en la vida del cantautor y del intérprete. Algún concierto improvisado en la calle estas Navidades, alguna invitación de un local más grande... En cualquier caso, el pasado jueves, David dio un pequeño salto hacia la fama,
y yo, hacia la felicidad.
P.D.: Y por si faltaban escenarios, Quique González, al día siguiente, nos enseñó a dar un concierto en la sala Mirror.
El lugar elegido fue el bar l'Ermità, en el barrio del Carmen, un acogedor bar de complicada arquitectura, el cual sólo permitía albergar a unas 40 personas en la zona propiamente de conciertos. Con la inestimable ayuda de Pablo pusimos a punto los altavoces, la mesa de mezclas, las guitarras y los micrófonos. Como aún somos humildes, y no muy famosos, nos conformamos con un taburete para sentarnos algo apretados e incómodos.
David comenzó el concierto con sus canciones. El público era, en su mayoría, amigos y conocidos suyos, al mismo tiempo que fans incondicionales. En un momento dado, entré yo a escena para acompañar a David en un par de canciones con guitarra y armónica. Y tras ello ya me quedé solo delante del toro, para hacer mi debut como cantor, más apropiado que cantautor.
Mientras intentaba que no me atacaran la ronquera y los nervios, quise contar a la gente que estaba muy agradecido e ilusionado de estar formando parte de este debut, que mi producción artística no es tan prolija como la de David, pero que sin embargo me gusta escribir sonetos, haciendo hincapié en que la poesía es un concepto mucho más amplio. Una canción puede ser poesía, unos versos, un paisaje, incluso unos ojos también.
Les conté que el cantautor de mi adolescencia había sido Ismael Serrano, a quien empecé a escuchar de muy joven. Entonces, podría ser, que aquella cinta que sonaba en un cassette, cuando yo aún no me había iniciado con la guitarra, en un lugar lejano al que no puedo volver, hubiera sido la primera piedra para que yo, muchos años después, me viese sentado en un taburete interpretando aquella canción que sonaba: "Últimamente".
Después proseguí con "Avión en tierra", de Quique González. Algo más desafinada, algo menos preparada. Toqué a continuación "Algo contigo" para que la cantara David, quien luego prosiguió con el concierto con la colaboración de Pablo poniendo voz a un par de canciones. Y al final, como todo buen concierto, un vis para cantar "Te lo dije" y "En el backstage" de Quique González.
Al terminar, llovieron las felicitaciones, en especial para el artífice del concierto. Yo estaba feliz, como feliz se está después de hacer algo por primera vez con buen resultado. Y feliz porque alguien muy importante para mí había hecho el esfuerzo de venir a verme.
Quién sabe que precederá a este pequeño punto de inflexión en la vida del cantautor y del intérprete. Algún concierto improvisado en la calle estas Navidades, alguna invitación de un local más grande... En cualquier caso, el pasado jueves, David dio un pequeño salto hacia la fama,
y yo, hacia la felicidad.
P.D.: Y por si faltaban escenarios, Quique González, al día siguiente, nos enseñó a dar un concierto en la sala Mirror.
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martes, 30 de septiembre de 2008
Tiro por la culata
Dícese de la expresión popular usada para describir el resultado de una planificación o idea cuyas expectativas eran completamente opuestas.
Cuando elegí ser alumno mentor de un Erasmus, solicité expresamente fémina alemana o, en su defecto, fémina germanoparlante, lo que me abría de alguna manera las puertas a Austria y Suiza. Quizá debí haberme dejado de ostias y haber optado en el campo 'nacionalidad' por Polonia.
El caso es que supe al poco que una tal Jana Müller me había sido asignada. Inevitablemente comencé a hacer cábalas de cómo tendría que ir todo. Le mostraría mi simpatía por correo, la recogería en el aeropuerto, la asistiría en los primeros días y, con el tiempo, esperaría introducirme entre su grupo de amigos/as Erasmus para tener de dónde picar un poco.
Y lo cierto es que mi plan no poseía, así a groso modo, ningún otro cariz que no fuese altruista. Pero de alguna manera, el 'Comité Celestial de Acciones Impuras' (C.C.A.I.) debió reconocer una veta de deshonestidad en mis acciones, y resolvió premiarme con una alemana parda y poco despabilada, que se vino acompañada de su novio durante la primera semana, y que una semana después de haberse ido todavía no había hecho ningún amigo/a. Y es que, en hacer amigos, los alemanes son una extirpe aparte.
Dios, si existe como el bosón de Higgs, sabe bien cuán notorias son las molestias que, pese a todo, me he tomado con la alemana. Por eso me encomendé a Él para que lo obrase todo con vistas a que Jana terminara en un piso con jóvenes simpáticos y con sangre en el cuerpo. Pero Dios estaba de vacaciones, y Jana fue a terminar en un piso cerca de la playa, al lado de un barrio de gitanos, viviendo con dos francesas jovencitas.
Bien es conocido por todos mi rechazo por todo lo relacionado con Francia, especialmente su lengua y sus mujeres. Así que, por mi calidad de francófobo (debería de editar una entrada en la Wikipedia para este término) no contaba con que, la cena de 'bienvenida al piso' (Einzugsabendessen) fuese para tirar cohetes.
La buena de Jana preparó algo ligero para las 8 de la tarde: 'Bratkartoffeln mit Rüherei', que viene a ser patata asada con huevo revuelto con bacon. Y las gabachas, óbviamente, se ajustaban a los estereotipos que abomino. La una daba un 'match' al 98% con esa francesa estirada, bohemia, con morritos y poco comunicativa que todos tenemos en la cabeza. La otra, aunque algo más maja pero, al mismo tiempo, desconfiada, rozaba los 1.55 m de altura, era la viva imagen de Javier Aller, que recordaréis de algunas perlas del cine español como: 'El robo más grande jamás contado', 'El milagro de P. Tinto' y 'Mortadelo y Filemón'.

Hay cosas que al hacer resumen sólo aciertas a decir: "podía haber ido algo mejor".
P.D.: Con Edith Piaf, mi francofobia hace la vista gorda...
Cuando elegí ser alumno mentor de un Erasmus, solicité expresamente fémina alemana o, en su defecto, fémina germanoparlante, lo que me abría de alguna manera las puertas a Austria y Suiza. Quizá debí haberme dejado de ostias y haber optado en el campo 'nacionalidad' por Polonia.
El caso es que supe al poco que una tal Jana Müller me había sido asignada. Inevitablemente comencé a hacer cábalas de cómo tendría que ir todo. Le mostraría mi simpatía por correo, la recogería en el aeropuerto, la asistiría en los primeros días y, con el tiempo, esperaría introducirme entre su grupo de amigos/as Erasmus para tener de dónde picar un poco.
Y lo cierto es que mi plan no poseía, así a groso modo, ningún otro cariz que no fuese altruista. Pero de alguna manera, el 'Comité Celestial de Acciones Impuras' (C.C.A.I.) debió reconocer una veta de deshonestidad en mis acciones, y resolvió premiarme con una alemana parda y poco despabilada, que se vino acompañada de su novio durante la primera semana, y que una semana después de haberse ido todavía no había hecho ningún amigo/a. Y es que, en hacer amigos, los alemanes son una extirpe aparte.
Dios, si existe como el bosón de Higgs, sabe bien cuán notorias son las molestias que, pese a todo, me he tomado con la alemana. Por eso me encomendé a Él para que lo obrase todo con vistas a que Jana terminara en un piso con jóvenes simpáticos y con sangre en el cuerpo. Pero Dios estaba de vacaciones, y Jana fue a terminar en un piso cerca de la playa, al lado de un barrio de gitanos, viviendo con dos francesas jovencitas.
Bien es conocido por todos mi rechazo por todo lo relacionado con Francia, especialmente su lengua y sus mujeres. Así que, por mi calidad de francófobo (debería de editar una entrada en la Wikipedia para este término) no contaba con que, la cena de 'bienvenida al piso' (Einzugsabendessen) fuese para tirar cohetes.
La buena de Jana preparó algo ligero para las 8 de la tarde: 'Bratkartoffeln mit Rüherei', que viene a ser patata asada con huevo revuelto con bacon. Y las gabachas, óbviamente, se ajustaban a los estereotipos que abomino. La una daba un 'match' al 98% con esa francesa estirada, bohemia, con morritos y poco comunicativa que todos tenemos en la cabeza. La otra, aunque algo más maja pero, al mismo tiempo, desconfiada, rozaba los 1.55 m de altura, era la viva imagen de Javier Aller, que recordaréis de algunas perlas del cine español como: 'El robo más grande jamás contado', 'El milagro de P. Tinto' y 'Mortadelo y Filemón'.

Hay cosas que al hacer resumen sólo aciertas a decir: "podía haber ido algo mejor".
P.D.: Con Edith Piaf, mi francofobia hace la vista gorda...
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